Es uno de los lugares más prístinos del planeta, pero los microplásticos han alcanzado ya la atmósfera de la Antártida, según comprobó un equipo de científicos de varias universidades españolas, que confirmaron la contaminación ambiental en la región y la presencia de varios aerosoles de origen humano. Investigadores “atraparon” algunos de esos contaminantes en los filtros de aire de un captador que habían instalado en Isla Decepción, uno de los sitios más limpios y puros del planeta.

Además de los microplásticos, descubrieron la presencia de otros aerosoles de origen antropogénico como el carbono negro, biológicos como bacterias, y minerales, entre ellos nitrato de amonio, singenita y fertilizantes de nitrógeno, fósforo y potasio. Los resultados revelan que algunos contaminantes logran penetrar la atmósfera antártica, procedentes de zonas próximas o del creciente número de cruceros turísticos y del intenso tráfico marítimo en el Cabo de Hornos.

Señalan que ya se había detectado la presencia de microplásticos en las heces de pingüinos, pero es la primera vez que se observa la presencia de estos contaminantes en los filtros de aire, debido, entre otras cuestiones, al escaso reciclaje del plástico utilizado, que se disgrega en micropartículas que contaminan las aguas y el aire y por lo tanto también la alimentación de la fauna antártica.

La investigación es una muestra más de que la contaminación ambiental es un hecho en la región antártica, por lo que la caracterización exitosa y el seguimiento regular de las partículas individuales “es crucial para una mejor comprensión de sus potenciales impactos ambientales en la región”.

La Isla Decepción, al noroeste de la península Antártica, alberga desde 1989 la base antártica española Gabriel de Castilla, donde cada verano austral, entre los meses de diciembre y marzo, se desplazan decenas de científicos para desarrollar sus proyectos de investigación. Su nombre se debe a que antiguamente «decepción» era sinónimo de «engaño», y es la traducción de la inglesa deception, calificativo dado por Nathan Palmer en su primera visita por su engañosa apariencia de isla normal, tras descubrir que en verdad se trataba de un anillo de tierra en torno a una caldera inundada.

Fuente: Clarín