Un reciente hallazgo demostró una conexión entre dos de los ecosistemas más importantes de la región: la selva amazónica y el bosque atlántico. Ambos puntos se encuentran alejados entre sí, y durante siglos no se detectaron rutas que los conecten, sobre todo teniendo en cuenta que entre ellos hay cientos de kilómetros de tierras secas. 

El estudio, realizado por el Royal Botanic Garden Edinburgh y la Universidad de Exeter, demostró que pese a las grandes barreras de El Cerrado y La Caatinga, hay especies arbóreas que funcionan de autopistas naturales entre los ecosistemas. 

Los grandes viajeros

Encontraron que estos ejemplares podían cruzar de un punto al otro sin importar el clima. El análisis se basó principalmente en los árboles Inga, que han sabido usar los bosques ribereños como corredores naturales a lo largo de los ríos para viajar de un extremo al otro. 

Para dar con estos resultados los expertos debieron estudiar la genética de 164 especies. Fue así que descubrieron que estas plantas, al ofrecer refugios húmedos y sombreados, son perfectas para que las semillas de flora amazónica germinen y se propaguen hacia nuevas áreas. 

Rutas vitales

Es así que los bosques ribereños son fundamentales para los procesos de reforestación, al tiempo que actúan como corredores ecológicos que garantizan un flujo continuo de biodiversidad. 

Este hallazgo tiene implicaciones clave en términos de conservación. Reconocer a los Inga como rutas vitales para el equilibrio ecológico podría ayudar a enfrentar algunas de las amenazas más importantes que tienen la Amazonía y la mata atlántica.